La pedagogía es una disciplina que está muy emparentada con el amor, tanto para realzar sus potencialidades creativas como para vaciarla de contenido. Paula Friere, como ningún otro, ha sido capaz de mencionar esa ambivalencia. Tanto es un acto de valor como una excusa para confundir el rol docente con el de un familiar. En “Cartas para quien pretende enseñar” se distingue con claridad esa cuestión: el compromiso y la amorosidad no deben confundirse con la falta de estatus profesional, fundamentalmente para las familias y para los Estados nacionales.
¿Podemos afirmar que las condiciones en las aulas son las propicias para que se desarrollen sentimientos valiosos entre los estudiantes y el docente? Aquí no se trata de apelar a la cuestión añeja (y sin validez, por cierto) de la vocación ni del interés por su trabajo. No resulta pertinente mencionarlo, ¿o a alguien le preocupa si su contadora guarda afecto por ustedes y si ama su labor?
En consecuencia, debemos remitirnos a las condiciones edilicias, emocionales, económicas y simbólicas que suelen estar presentes en cada escuela cada día: ¿son propicias para sostener una relación afectiva? Las carencias, la precariedad y la gran circulación de docentes y estudiantes no permiten que se establezca más que un vínculo tenue, sin plena confianza y sin otra expectativa que la convivencia: el respeto resulta más plausible que el amor.
La fugacidad de las interacciones en el aula (en cualquiera de los formatos y modalidades) apenas habilita un diálogo que no alcanza nunca dimensiones necesarias para edificar un sentimiento. Las suplencias en el secundario y las materias bimestrales en las universidades privadas resultan los ejemplos más acabados. La premura se impune de un modo brutal: el amor líquido es el único posible en el aula. Bauman lo define como “un amor superficial, porque se basa en vínculos sentimentales frágiles, que pueden romperse fácilmente y en el que lo que importa es el momento presente, sin ataduras, compromiso o proyecto de futuro”. Está hablando de las parejas, pero bien podría estar refiriéndose a la educación contemporánea.
Las consecuencias de adoptar la lógica del mercado a la formación de los sujetos trae, de forma inevitable, el paso del sujeto como centro a la centralidad del objeto: las experiencias, los diálogos, las reflexiones compartidas y los debates inconclusos (que muchas debes despiertan la curiosidad más que cualquier material) ya no constituyen el núcleo de la oferta educativa. El objetivo principal (acaso el único) es la acreditación. Si la trayectoria formativa sólo se valida por los diplomas, es razonable que todo aquello que no pueda cosificarse, resulte superfluo. La restauración del amor no se basa en la negación de los derechos del docente en nombre de la maldita vocación, sino en la imperiosa necesidad de recuperar la dimensión fraternal de la educación. Si nos vinculamos como mercancías, nos consumiremos como humanos.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social