Si hiciéramos una encuesta a todos los docentes del país, es muy probable que la gran mayoría ansíe el regreso a la presencialidad, considerando que sólo así será posible remediar las dificultades que nos propuso la pandemia. Y es preciso reconocer que las limitaciones de conectividad, de disposición de equipos y espacios adecuados, configuraron un escenario nada auspicioso. Tampoco la formación de los docentes ha sido la necesaria para atender las particularidades de las diferentes modalidades que se han realizado, generando así mayor incertidumbre. Los equipos de gestión, las familias y los estudiantes no gozaron de mejores circunstancias. Y eso explica el modo en que se añora el regreso a las aulas.
Sin embargo, habría dos aspectos a considerar que podrían ayudarnos a realizar un análisis menos emotivo. ¿Estamos seguros que en la presencialidad todas las dificultades desaparecen y que los procesos de enseñanza y aprendizaje se construyen sin pérdidas? Si así fuera, podríamos suponer que el aislamiento ha sido una situación de emergencia que debemos olvidar pronto, y que a fuerza de reabrir las escuelas tendremos resuelto el único problema educativo. La tendencia hacia la idealización de la presencialidad pareciera imposibilitar una interpretación menos complaciente de las dinámicas áulicas: suponemos que la mera proximidad física garantiza el aprendizaje. No se trata de desmerecer la labor ni de minimizar la relevancia de la empatía, en absoluto. Pero, ¿estamos seguros que las clases estaban conformadas por diálogos que proponían la apertura hacia el otro, sus saberes y sus intereses? ¿Todos aprendían? Durante años ha sido nuestro hábitat y por lo tanto, es lógico que se añore, sin que ello signifique omitir que tiene más de pasado que de futuro. Y así nos encontramos con la segunda consideración: ¿serán los alumnos los mismos que en 2020? Me pregunto si la escuela podrá torcer la trayectoria que ha adoptado con celeridad la sociedad en torno a la digitalización, las actividades a distancia y las nuevas formas de relación social. De lo contrario, habrá un nuevo (y gran) problema: se estará formando a sujetos para una cultura que está en retroceso, aquella que tuvo su esplendor durante el siglo XX. ¿El pizarrón, la tiza, los bancos fijos, las fotocopias, el docente en el centro, poseen la potencia suficiente para resultar atractivos, pertinentes y desafiantes para la juventud actual? Probablemente la respuesta sea no. Por lo tanto, se vuelve necesario efectuar una apertura hacia los dispositivos digitales no sólo para incluirlos en el aula física, sino para comprender que no pueden omitirse. La educación híbrida es una alternativa valiosa para conjugar presencia y distancia en pos de enriquecer las experiencias que puedan convertirse en aprendizajes ligados a los contenidos escolares. El desafío es urgente: si volvemos a las escuelas con las mismas certezas con las que nos fuimos, no habremos aprendido nada. Los medios de comunicación, el Estado, los comercios, la industria se han visto obligados a cambiar para ajustarse a la nueva configuración social. Es el turno de la escuela. De nosotros depende.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social