Los docentes debemos despojarnos de la autoridad en el aula para tener la posibilidad de adquirir legitimidad con los estudiantes. Es importante recordar que dentro del aula nadie nos pertenece y que la atención es un bien escaso que debemos conseguir, pero que lograremos alcanzar sólo si la merecemos. Nada nos darán sólo por nuestro rol, ya saben que el poder que suponemos ostentar les pertenece y no están apurados: pueden demorarse semanas hasta reconocer que tenemos algo que puede servirles.
Si guardan silencio no significa que estén atentos o que tengan alguna expectativa, bien sabemos que el fastidio por la pérdida de tiempo, tan rutinaria como el mismo cronograma escolar, no deja mucho espacio a la alegría. También es cierto que a veces se suceden desencuentros tan importantes entre el docente y su cansancio, los estudiantes y sus razones para sentirse brumados por adultos que exigen respeto pero que sólo tienen para dar tareas fabricadas hace años y consejos que ni a nosotros nos sirven.
Cuando les preguntamos ¿por qué vienen a la escuela?, ya sabemos la respuesta. Tiene motivaciones jurídicas, no pedagógicas. Saben que están allí porque deben hacerlo, sin su consentimiento. La mayoría, está esclarecida al respecto: huiría sin más, si pudiera. ¿Es posible juzgarlos por esa actitud? No. Recordemos cuando fuimos adolescentes, ¿qué sensaciones nos deparaba el colegio? ¿Colaboramos para construir la educación en la que nos hubiera gustado participar? ¿Quién se toma el trabajo de elaborar colectivamente un motivo para que tenga sentido cada clase? Y no me estoy refiriendo a gamificar los contenidos o incluir algún material contemporáneo, la cuestión es tramar una relación horizontal y tan amena que las circunstancias permitan que emerjan iniciativas y deseos usualmente callados o reservados para los amigos, las amigas y los recreos.
Nadie puede saber cómo será la escuela del futuro y cualquier formulación que se haga no deja de ser una hipótesis o un deseo, sin embargo considerando cómo nos compartamos con las necesidades actuales, es poco probable que seamos nosotros quienes la edifiquemos. Y a pesar de la herida narcisista que provoque a nuestra generación, bien sabemos que la incertidumbre nos corroe pero por el mandato que asumimos cuando nos preparamos para la docencia, jamás renunciaremos a ser sujetos de la modernidad. Por eso los modelos del pasado aparecen en nuestras prácticas, aunque los maquillemos con dispositivos, materiales multimediales y metodologías ágiles. Resultan esfuerzos loables, pero para los estudiantes es sencillo advertir que tratamos de acercarnos a sus dinámicas pero con el anhelo infranqueable de convertirnos en Víctor Frankenstein: queremos fabricar personas a nuestra voluntad, como afirma Philippe Meirieu.
Hace falta que transitemos hacia la reconversión de nuestras prioridades, para que nuestro legado no se resuma a un diploma. No conozco a nadie que haya salido de la escuela atesorando con la mayor de las felicidades una mera certificación. Hay que encontrar en ellos, en ellas, algo que nos justifique y que vuelva sensata su concurrencia a las aulas. El desafío es grande. La urgencia también.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social