La obra de Margaret Mead no se frecuenta en la formación docente. Sin embargo, las conceptualizaciones forjadas en su obra Cultura y Compromiso, publicado en 1970, resultan muy pertinentes para analizar el complejo y dinámico escenario que los docentes (y los adultos en general) deben afrontar cada día.
La autora propone una clasificación para distinguir tres tipos de culturas: postfigurativa, cofigurativa y prefigurativa. La primera es la más antigua: se trata de una sociedad en la que los adultos mayores preparan a las nuevas generaciones para un futuro que no será muy diferente al presente. La segunda opción, que se sitúa a mediados del siglo XX, establece una módica diferencia: son los padres quienes a la vez que asimilan una nueva cultura (principalmente cuando se trata de migraciones internas o externas) la transmiten a sus hijos. La última de las alternativas, la prefigurativa, supone un cambio sustancial: la imposibilidad de prever el futuro y las enormes modificaciones ocasionadas por la tecnología, conforman un nuevo paradigma. Y en consecuencia, se invierten los roles por primera vez en la historia y así “los adultos también aprenden de los niños”. El impacto que posee esa transformación aún no podemos evaluarla, dado que estamos atravesando esa etapa. Pero, aun así, es posible colegir que su expansión supone una crisis para la educación en general y para la escuela en particular.
¿Estamos en condiciones de renunciar a nuestra autoridad generacional, profesional, laboral y familiar para dar lugar a un nuevo orden que suscite un intercambio diferente, por momentos horizontal y por momentos con posiciones invertidas? Es decir, estamos de acuerdo acerca de la necesidad de reconocer que no sabemos, y que no sólo debemos aprender (y no se trata sólo de una obligación que caiga exclusivamente en los docentes, por supuesto) sino que – en algunos casos – sean las nuevas generaciones quienes tengan una participación destacada en las funciones educativas de la sociedad actual y futura. Al respecto, Mead sostiene que: “Actualmente en ningún lugar en el mundo hay mayores que sepan lo que saben los jóvenes, por muy remotas y sencillas que sean las sociedades donde viven estos últimos. Antaño siempre había algunos adultos que sabían más que cualquier joven en términos de la experiencia adquirida al desarrollarse dentro de un sistema cultural. Ahora no los hay. No se trata sólo de que los padres ya no son guías, sino de que no existen guías, los busque uno en su propio país o en el extranjero. No hay adultos que sepan lo que saben acerca del mundo en que nacieron quienes se han criado dentro de los últimos veinte años”.
La situación, por lo tanto, exige asumir que ninguna de las alternativas que pueden emerger sólo desde los adultos podrá atender con acierto las necesidades que acucian a los niños y jóvenes. La escuela no puede continuar formando para un futuro que desconoce, con sujetos que son convocados pero sin priorizar sus intereses y necesidades.
El mundo no es de los adultos. Cuanto antes lo reconozcamos, menos pesares causaremos.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social