La expansión de la inteligencia artificial en la vida cotidiana ya llegó de lleno a las aulas argentinas. UNICEF y UNESCO informaron en 2025 que más de la mitad de chicas y chicos de 9 a 17 años usa IA y que, entre quienes la usan, dos de cada tres lo hacen con fines escolares. El dato confirma que la escuela ya no puede discutir si la IA entra o no al sistema educativo: el desafío pasó a ser cómo se la integra, con qué objetivos y bajo qué resguardos.
El punto de partida no debería ser ni el entusiasmo ingenuo ni el rechazo automático. La UNESCO sostiene que la IA puede ampliar opciones pedagógicas, adaptarse mejor a necesidades de aprendizaje y aumentar la autonomía de los estudiantes, pero advierte que eso solo ocurre si su implementación está guiada por una visión centrada en las personas, con docentes preparados y decisiones públicas claras. En otras palabras, la tecnología por sí sola no mejora la educación: lo que hace la diferencia es el proyecto pedagógico que la orienta.
En la práctica, el uso escolar de la IA ya abre debates concretos: cómo evitar que se convierta en una simple herramienta para copiar tareas, cómo enseñar a verificar información, cómo trabajar la autoría y la producción propia, y cómo impedir que la brecha digital se transforme en una nueva desigualdad pedagógica. UNICEF, además, mostró que el uso de tecnologías digitales crece entre adolescentes, lo que obliga a pensar no solo en acceso, sino también en competencias críticas, ciudadanía digital y acompañamiento docente.
Un enfoque crítico también obliga a mirar los riesgos. La UNESCO advirtió que las tecnologías digitales pueden traer problemas de privacidad, distracción, ciberacoso y reproducción de sesgos, además de profundizar estereotipos y afectar el bienestar. Por eso, la discusión sobre IA en la escuela no debería quedar reducida a una moda tecnológica o a una carrera por “modernizarse”, sino incluir preguntas por la protección de datos, la ética, la evaluación y el lugar del trabajo docente.
Al mismo tiempo, un enfoque crítico no implica negar sus posibilidades. Bien usada, la IA puede servir para personalizar consignas, apoyar procesos de lectura y escritura, generar materiales, abrir simulaciones o ayudar a organizar información compleja. Pero para que eso no se traduzca en dependencia o automatización vacía, la UNESCO insiste en el desarrollo de capacidades humanas, especialmente en docentes y equipos directivos. Ahí aparece una deuda concreta: la formación para integrar tecnología con sentido pedagógico sigue siendo desigual en la región.
En ese marco, el desafío para la escuela argentina parece claro. No se trata de reemplazar la enseñanza por respuestas automáticas, sino de enseñar a usar la IA con criterio, límites y propósito educativo. La discusión de fondo no es tecnológica: es pedagógica, ética y política. Y cuanto antes se la asuma así, mejor preparada estará la escuela para convertir una herramienta disruptiva en una oportunidad de aprendizaje real.