¿A quién pertenece el aula? – Luis Sujatovich

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Las escuelas se han configurado para que los espacios tengan límites bien diferenciados. La dirección, la sala de profesores, el laboratorio, el laboratorio, la portería poseen no sólo usos estipulados sino también responsables que, además, expanden desde allí su autoridad. El orden en que están distribuidos en los edificios también señala la relevancia de cada uno, no es lo mismo la oficina de la directora que el minúsculo ambiente que comparten los porteros. La estructura edilicia dedicada a la gestión, administración y mantenimiento no se diferencia casi nada de cualquier otro establecimiento laboral. Hay muchísimos libros que ya se han encargado de repetirlo. Sin embargo, el aula es un lugar diferente porque no es tan sencillo establecer a quien pertenece. En una afirmación intempestiva, se podría decir que  está bajo el dominio del docente, o al menos, es la pretensión habitual. Pero hay un problema para el nivel secundario: los docentes se turnan unas horas a la semana mientras que los estudiantes  están allí cinco horas por día.

En consecuencia, la tensión entre voluntades enfrentadas es muy frecuente. El mandato social le indica al docente que todo cuanto suceda allí es su responsabilidad, por lo tanto nada puede acontecer que no sea para su beneplácito. El inconveniente es que la distribución de roles no estima que los estudiantes puedan asumirse como sujetos activos, no sólo del aprendizaje, sino también de sus experiencias en tanto personas en una institución que, en muchos casos, ni siquiera tuvieron la posibilidad de elegir.

El aula no refleja sino las condiciones que los adultos son capaces de ofrecer a los estudiantes y a la vez permite advertir el grado de compromiso que poseen para desarrollar sus actividades, relaciones y hábitos durante el ciclo lectivo. Y no se trata sólo de revisar las instalaciones, los muebles y el confort que ofrecen, sino también de indagar en los sentidos que tiene para cada uno de los participantes. ¿Qué significa para los  estudiantes ingresar al aula? Quizás habría que reflexionar acerca de cuáles son los acontecimientos que suceden allí  y que tienen algún significado para ellos. Para agudizar el análisis habría que omitir las horas libres. Aunque nos servirían para dimensionar la distancia que existe entre una clase y su ausencia. Son los extremos irreconciliables. No es casual que una despierte entusiasmo y la otra, no. ¿Qué propone la presencia del docente que opaca el goce? Acaso nos han convencido que no se puede aprender y enseñar con alegría. Si es así, ¿cómo hacer del aula un espacio de pertenencia si sólo existe la felicidad cuando están solos o cuando se van? ¿A los docentes (o debería decir a los adultos) cuándo nos sucede algo así?  En un consultorio, en una dependencia del Estado haciendo un trámite, bajando del colectivo, y seguro ustedes tendrán más ejemplos. ¿Alguno les depara, en una primera instancia, algo más que alivio? Algo sí debe sucederles con el aula. Por supuesto que no es sólo responsabilidad del docente, pero es bueno recordar que no somos dueños del aula.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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