El contexto de surgimiento de la escuela podía proveer de certezas a los docentes y alumnos acerca de la relación entre los contenidos abordados y las habilidades que el mercado laboral solicitaba. Sus similitudes con las rutinas de las fábricas, a finales del siglo XIX, conforman una referencia obligada. Ambas instituciones proporcionaban a los sujetos dispositivos de control, producción y descanso que facilitaban el paso de una a otra sin mayores dificultades. Se trataba entonces de un escenario que prometía estabilidad y ello se reflejaba en las certezas que involucraban a la educación así como las que se construían entorno a la familia, el trabajo y el lugar de residencia. La modernidad podía jactarse de constituir un proyecto de continuidad, arraigo y previsibilidad.
Sin embargo “la modernidad líquida” tal como la definió Bauman ha trastocado de forma irreversible el orden social. El autor incluso destaca que nos aproximamos con gran velocidad al divorcio entre el Estado y la nación, conformando así una situación de indudable decadencia de los valores, sentidos y referentes que dieron sustento a su creación. No es difícil advertir que para la escuela constituye un desafío enorme: ¿se pondrá conciliar sus dinámicas y objetivos con las necesidades aún desconocidas de una nueva época en ciernes? Para comenzar, debemos asumir que el futuro tiene una carga de incertidumbre que pone en debate permanente a la tarea de educar en su sentido más amplio. Y no debemos reducir el debate sólo a la expansión de Internet, ni a la preeminencia de los medios de comunicación digitales en la construcción de subjetividad contemporánea, ni tampoco en la valoración que la sociedad posee de la tecnología. La cuestión es aún más compleja. ¿Cuál será el escenario laboral, económico y cultural que regirá dentro de 20 años? ¿Cuáles serán las competencias que se requerirán para desempeñarse con solvencia en el ámbito laboral? ¿Es posible colaborar en la formación de artistas e intelectuales si no podemos vislumbrar qué saberes y temas preocuparán a las próximas generaciones?
Algunas especialistas sostienen que el 60% de los empleos actuales desaparecerán y que muchos de los que los reemplazarán aún no se han inventado. La robótica y la inteligencia artificial reemplazarán al ser humano pero suscitarán nuevas actividades que sólo podrán ser desarrolladas por personas. El desafío, más allá de las cifras postuladas, impacta con total premura en la educación. Educar para la incertidumbre no es sencillo. Implica aceptar que cuanto sabemos es provisorio y que no habrá estrategia, metodología ni teoría que pueda evitar esa caducidad. ¿Qué hacer entonces? Probablemente la mejor iniciativa sea dejar de esperar una solución unívoca, rápida y sencilla de aplicar que casi mágicamente nos posicione nuevamente como protagonistas del nuevo mundo en construcción. No sirve caer en pánico ni tampoco subestimar la transformación a la que estamos asistiendo.
Sin embrago, la falta de certezas puede resultar conveniente dado que suele evitar las conclusiones apresuradas, las rutinas y los monólogos en el aula. En consecuencia, las crisis, como nos enseñaron los chinos, también son oportunidades.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social