EL DISEÑO INSTRUCCIONAL DOCENTE: UNA OPORTUNIDAD PARA LA INNOVACIÓN

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En muy pocas ocasiones los docentes son convocados para participar en la elaboración del diseño instruccional del curso o carrera en la que van a trabajar. Podría aducirse que en general el diseño se hace al inicio de una propuesta y por lo tanto, sólo intervienen quienes están involucrados en esa circunstancia. Y esta explicación ya nos anuncia un
error frecuente: suponer que una vez que ha sido establecido, no hace falta revisarlo. Acaso por temor a las transformaciones que acarrearía su observación crítica, resulta más sencillo sostenerlo, a pesar de los cambios sociales, culturales y tecnológicos que hayan ocurrido desde su implementación.

Prescindir de la opinión de los profesores y suponer que consiste en una especie de acta fundacional, y que por lo tanto todo cambio conformaría una adulteración inaceptable, evidencian que hay una distancia entre quienes ponen en movimiento las aulas y el rango superior que tiene la misión de conducir. Ni siquiera en la emergencia mundial que suscitó la pandemia esta relación sufrió modificaciones. Algunos enseñan, otros dirigen y quienes están encima de ambos disponen cómo, cuándo, y de qué forma. No se trata, de ninguna forma, de despreciar las trayectorias intelectuales que puedan hacer aportes valiosos para reflexionar sobre la educación y colaborar para mejorarla. Sin embargo, resumir la tarea docente al aula no parece coincidir con la interés por validar su acción social, cultural y
fundamentalmente, profesional. A la vez que se le solicita compromiso, se subestiman sus potencialidades.

La planificación, acaso el único espacio para la creatividad que aún subsiste, está limitada, precisamente, por el molde que supone el diseño instruccional. En consecuencia, son pocas las opciones que poseen para ajustar contenidos, evaluaciones y procesos a las necesidades de cada grupo y también, asunto no menos importante, a su modo de
interpretar la disciplina que imparte. A veces la diversidad sólo se dirige hacia los estudiantes pero se omite que también el colectivo docente requiere de la misma atención.

¿Qué sucedería si el diseño instruccional se revisara cada dos o tres años y se invitara a todos los integrantes a presentar su parecer? ¿Se mantendría inalterable o mutaría? Habría que inclinarse por la segunda opción, cualquier docente sabe que sus planificaciones son anuales y que cada nuevo calendario exige transformaciones. Resulta
al menos curioso que el acento esté puesto en el último eslabón de la trama educativa formal institucional sin que las demás instancias necesiten ajustes. Y cuando acontecen, la voz del docente no es vinculante. Si la innovación es una necesidad para atender las demandas actuales (y futuras) de los estudiantes, ¿es justo que la responsabilidad sea sólo de los profesores? ¿Cuentan con formación específica, espacios para intercambiar ideas, tiempos pagos para esa actividad? Es necesario que se dé vuelta la estructura institucional: si quienes están frente a los estudiantes deben concebirse como meros engranajes áulicos, sin tener oportunidades reales de contribuir a delinear un proyecto que involucre a todos los sectores, se seguirá menospreciando su saber y su experiencia. Y entonces, ningún diseño instruccional logrará sus objetivos.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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