¿ESTUDIANTES U OFICINISTAS? – Luis Sujatovich

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Quienes han tenido la ocasión de trabajar en instituciones de doble turno o jornada extendida mencionan que luego de los dos primeros años, sobre todo en el nivel primario, los estudiantes adquieren una dinámica muy ajustada a la rutina propuesta por la escuela y entonces pueden resolver, en el tiempo propicio, las actividades que el docente solicita. Sin reclamos, discusiones, lamentos ni dilaciones. No importa si es grupal o individual, si constituye una evaluación o apenas una nota más en el año. Los estudiantes la realizan con eficiencia, casi indolentes. También destacan las colegas que la mayoría suele obtener buenas calificaciones, aunque no les sobra inquietudes y si deben opinar hay que exigirles que lo hagan. Es lógico que así suceda, en la medida en que adoptan una postura que se acomoda sin resistencias a las consignas impuestas por los adultos, van reprimiendo sus pretensiones y acaban por prescindir de ellas, para una mejor convivencia áulica.

Entiendo que el conflicto permanente no conduce a un desarrollo curricular amplio y que como docentes tenemos la pretensión de recibir cierta atención a cambio de nuestros esfuerzos, aun así no puede resultar un horizonte ambicionable un escenario en que bien podamos reemplazar la palabra alumno por oficinista. Y con esto no quiero decir que sea indigno, en absoluto. La cuestión estriba en que se trata de diferentes roles, con pretensiones opuestas. Es entendible que un jefe no tenga interés en demorarse para conocer las preocupaciones de sus empleados, ni que busque generar en ellos interrogaciones que le permitan cuestionarse sus construcciones de subjetividad, sus prejuicios y sus valores. Pero no es ni mínimamente aceptable para un docente.

Acaso esta tensión entre aprendizaje y evidencias materiales (exámenes, trabajos prácticos, presentaciones, etc.) tenga su origen en la correspondencia productividad-conocimiento. Es decir, si hago mucho aprendo más que si hago poco. Por lo tanto, para conformar a las familias, a las inspectoras y para exhibir un nivel educativo alto, ¿qué mejor que acumular la mayor cantidad posible de actividades? Es un dato cuantitativo que nadie estaría en condiciones de discutir. Excepto los docentes, porque advertimos que la sucesión ininterrumpida de lecciones no genera sujetos críticos, ni pensamiento autónomo, ni el desarrollo de competencias sociales. El contrasentido es evidente pero aún cuesta mucho desanudarlo: si en una asignatura hacen diez trabajos y en otra tres, ¿en cuál se exigió más a los alumnos? La respuesta parece obvia. Y es allí donde radica el principal inconveniente.

No voy a negar que el aprendizaje suele suscitarse en la acción colectiva ni tampoco voy a rechazar los principios didácticos que impulsan a las diferentes planificaciones que cada docente tiene el derecho de concretar. Sin embargo, si continuamos suponiendo que el acatamiento a las directivas del docente y la productividad conforman los índices a cuidar para ofrecer un buen servicio educativo a la comunidad, no debemos hacernos ilusiones con una sociedad diferente.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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