La batalla cultural no sólo debe darse en el aula – Luis Sujatovich

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La educación informal no es considerada un complemento de la formación de los sujetos, sino
más bien como un peligro, o en le mejor de los casos, como un pasatiempo. Las expresiones
que se suelen utilizar en las aulas, fundamentalmente en el nivel secundario, para referirse a
ella no denotan aprecio ni reconocimiento por las prácticas y hábitos que suscita. Y no se trata
sólo de los consumos culturales, cualquier actividad tiene un rango menor que aquellos que
pretende inculcar la escuela.

El sutil desprecio que se le prodiga a la educación informal está tan arraigado que, en muchas
ocasiones, pasa desapercibido. Es interesante advertir que si no hay correspondencia entre los
saberes escolarizados y los informales (ya el término es en sí mismo una descalificación, y no
solamente una descripción), no hay reconocimiento: un alumno que lee un manga quizás
tenga alguna oportunidad de valoración, pero uno que se interesa por un TikToker, no. La
certeza, nunca dicha pero muy asumida, de que la cultura adolescente, juvenil y
fundamentalmente mediática-popular es un campo indigno para la intervención de los adultos
letrados, conlleva una cantidad de prejuicios difíciles de enlistar, pero cuyas consecuencias son
muy evidentes.

La falta de atención hacia los asuntos que generan interés en las nuevas generaciones conlleva
el fracaso de la educación formal. Suponemos que la batalla cultural sólo debe darse en el
aula, ya que es el único espacio legítimo y así dejamos que transcurran las discusiones, los
desafíos y las modas, sin que nos percatemos de su relevancia. Y sólo parecemos notar nuestra
falencia, cuando nos topamos con los terraplanistas y con quienes sostienen teorías
disparatadas acerca de las vacunas o sobre las responsabilidades del último golpe cívico militar
en Argentina. Ahí sí reaccionamos, pero seguimos limitando nuestra acción a la escuela. Nos
llamamos a la reflexión y buscamos alternativas ante el problema, pero siempre puertas a
dentro. La herencia del claustro medieval pesa mucho.

Sería pertinente preguntarse donde surgen las vocaciones, ¿tiene la escuela un rol
fundamental o apenas complementario? De la respuesta que elijamos, dependerá nuestro
posicionamiento. Vaya una sugerencia: ¿alguien supone que el discurso escolarizado tiene
alguna relevancia para nuestras adolescencias? No me refiero a vínculos, contención e incluso,
alimentación, sino significación para incidir en la subjetividad con mayor poder que un medio
de comunicación, una red social, un grupo de pertenencia o cualquier otra instancia de
construcción de identidad y reconocimiento entre pares.

La educación informal no desconoce ni rechaza los postulados de las demás educaciones, sino
que las aprovecha, cuando considera necesario, para desplegar sus estrategias. En cambio, no
sucede lo mismo con la educación formal porque se considera autosuficiente. Supone que su
condición oficial la distingue y la hace más importante que las demás. Y, cabría preguntarse si
no es al revés: subsiste gracias a su capacidad de certificación y no a la importancia que posee
en las y los estudiantes. Al contrario de las otras, que sin apoyo subsisten y se expanden. Es
por eso que la escuela debe aceptar que todas las educaciones se necesitan entre sí.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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