LA CULTURA MAKER EN LA ESCUELA: HACER Y SENTIR PARA APRENDER – Luis Sujatovich

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La cultura Maker pretende generar en los alumnos la fascinación por la creación grupal y colaborativa de todo tipo de artefactos que permitan desarrollar el ingenio, comprobar teorías y estimular el aprendizaje interdisciplinario, distribuyendo los roles de una forma diferente: el docente acompaña y el grupo resuelve. Es cierto que no se trata de una perspectiva novedosa, dado que sus impulsores se remontan a la década del ´70 del siglo pasado, sin embargo – como suele suceder en el campo educativo – las metodologías (y sus fundamentos pedagógicos) se conocen pero no se aplican. Las tecnologías digitales generaron una nueva corriente favorable a su desarrollo pero, lamentablemente, las horas de informática y los gabinetes pronto pusieron un límite a sus expectativas. La tecnología se convirtió, demasiado pronto, en una asignatura aparte y no en un contenido transversal y flexible que sirviera de soporte para abordar diferentes temáticas. De alguna forma los celulares, cuya existencia dentro del aula no cesa de generar tensiones, es una continuación poco productiva de aquel impulso. La disponibilidad de dispositivos no permitió que se utilizaran para articular diversas disciplinas en favor de un aprendizaje situado, pertinente y próximo a la realidad de cada institución. Se desaprovechó así una oportunidad magnífica para poner en marcha una dinámica diferente. Una obra de teatro, una investigación, la reconstrucción de un contexto histórico, una problemática social o medioambiental, bien podrían conformarse como instancias de abordaje profundo, comprometido y, fundamentalmente, generado por los estudiantes. Porque esa actitud es la condición de posibilidad de la propuesta: el interés genuino para avanzar en una indagación que no será sencilla, ni breve ni evitará conflictos pero que, gracias a la acertada y prudente intervención docente, encontrará el goce por la tarea y el deseo por concretar el proyecto establecido. Si el aula adquiere un carácter de taller hay más posibilidades que todos tengan una parte de responsabilidad y no sólo quienes pasan al frente a dar la lección.

Sylvia Libow Martínez y Gary Stager en su libro “Inventar para aprender”, editado en 2013 sostienen que “los proyectos son lo que los estudiantes recuerden mucho después de que suena el timbre. Los grandes docentes saben que su mayor responsabilidad es la de crear recuerdos”. En consecuencia, el interrogante es el siguiente: ¿cuántas veces propiciamos que eso suceda en nuestra práctica cotidiana? Es muy probable que la rutina de la explicación oral, la consigna, la puesta en común y  la evaluación no nos ayuden a lograrlo. No faltarán quienes dirán que su obligación es enseñar y no establecer un vínculo que pueda perdurar, y eso es parcialmente cierto. Si no hacemos el esfuerzo por relacionarnos desde y para el aprendizaje, quizás aprueben sin conflictos pero nadie tendrá un objeto, una emoción, una palabra que merezca un instante de gratitud. ¿Y si nada les queda de nuestra labor, persistirán los contenidos presentados? La cultura Maker nos recuerda que en la acción no sólo se ponen en movimiento los saberes teóricos y las competencias, también se activan los sentimientos. Y sin ellos no hay saber que se oponga al olvido.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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