LA EDUCACIÓN A DISTANCIA: UNA OPORTUNIDAD PARA DEMOCRATIZAR EL ACCESO AL CONOCIMIENTO – Luis Sujatovich

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Los memes y chistes acerca de los pésimos resultados que genera la educación a distancia resultan muy comunes en Internet. La cantidad de comentarios graciosos que obtienen ponen en evidencia que, al menos para un sector de la sociedad, hay algo de cierto en sus alusiones. Hay, de alguna forma, un consenso respecto a que la educación buena es aquella que es presencial, (y por lo tanto, bien ajustada a los parámetros modélicos de la escuela tradicional). La cuestión sería entonces interrogarnos por los motivos que refuerzan esa noción, que podríamos denominar de sentido común.  No creo que sea válido proponer a la tradición como argumento, porque si aceptáramos esa lógica, ningún hábito o institución debería cambiar y a nadie se le ocurriría postular algo semejante.

Quizás el principal motivo está relacionado con el medio digital en el que se sustenta la propuesta, ya que se asemeja, al menos en términos procedimentales, con el ocio y el consumo de contenidos digitales a partir del uso de la computadora y del celular. Si por un momento nos dejamos llevar por una simple asociación de ideas, podremos comprobar que la escuela tradicional y los libros forman un complemento, así como la educación a distancia y los dispositivos digitales. Y no hace falta detenerse en la reputación de unos y otros para advertir que no es inocente la caracterización negativa. De alguna forma, se sanciona el vínculo con las interfaces como antes se tachaba de burda a quienes miraban televisión. Es el mismo deseo de reprimir cualquier movimiento que suponga la pérdida de un privilegio aquello que parece impulsar las frecuentes mofas a las que se somete a la educación a distancia. La educación es una, la escuela es una y por lo tanto, quienes están formados deben ajustarse a una práctica específica. Lo demás, es un sucedáneo de emergencia o un ejercicio periférico de educación de bajo rango.

Y entonces mientras asistimos a la digitalización de la cultura, el trabajo, el dinero, la salud y el gobierno, nos tropezamos con los mismos prejuicios de mediados del siglo pasado.  Además, si observáramos con detenimiento el legado de la pandemia, podríamos reconocer que para muchas personas significó una oportunidad de iniciar o retomar sus estudios desde sus localidades de procedencia. ¿No es acaso el movimiento más democratizador de los últimos años en la educación argentina? Cuantas personas han podido formarse gracias a las condiciones que sólo pueden propiciarse gracias a la red: madres con sus bebés en brazos, jóvenes trabajando y familias que a pesar de poseer sólo un equipo pudieron integrarse sin dificultades, conforman sólo los ejemplos más comunes. La distancia no sólo favorece la permanencia de los cursantes, sino también la prosperidad de las comunidades que los alojan, dado que podrán disminuir las migraciones a las grandes ciudades para estudiar. En consecuencia, la calidad de la educación no está sujeta a la modalidad, depende de muchos factores que no pueden resumirse a la dualidad presencial virtual. Pero como era de esperar, si es una oportunidad para las mayorías, no podía sino generar resistencia de los sectores conservadores de la educación.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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