¿LA ESCUELA FORMA O EDUCA? – Luis Sujatovich

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Hay una frase muy antigua y conocida que todos los que nos dedicamos a la educación alguna vez hemos escuchado: la escuela es la segunda casa. Y esa declaración ha traído estimaciones destacadas y confusiones en igual proporción.  Un ejemplo nítido es la conceptualización de la maestra: a la vez que suscita afecto por su labor, “como una segunda madre”, ese posicionamiento también le exige “sacrificios sin esperar nada a cambio”, incluido el salario digno. La vocación y el “amor por los niños” deben suplir las malas condiciones edilicias, la imposibilidad de continuar formándose y cualquier otro problema que la aqueje. Esta explicación es una demostración fehaciente y decepcionante del modo en que se diagnostican las falencias formativas: las docentes no tienen ganas de hacer su labor, ya no son “como las de antes”. Además de la enorme carga mitológica que conlleva esa afirmación, dado que supone que provenimos de un pasado sin conflictos ni dificultades, elimina rápidamente cualquier posibilidad de asumir alguna responsabilidad por parte del resto de la sociedad. Y aquí se vuelve necesario recuperar la segunda parte del axioma: si la escuela es la segunda casa, entonces la casa es la primera escuela.

No se trata sólo de un juego de palabras, es casi una declaración de principios: la escuela forma y la casa educa. Por lo tanto, si aceptamos esa premisa, podemos advertir que la responsabilidad es compartida. Las familias, adultos o responsables de los estudiantes deben comprender que su labor no puede reducirse a llevarlos al establecimiento y esperar que allí sucede, casi de forma mágica (o por la fuerza de los sentimientos puros de la segunda mamá o papá) la transformación cultural, social y emocional que supone educar y formar a un sujeto. Si un niño es irrespetuoso, si una niña se burla de otra por su apariencia física, o si el grupo segrega a una niña porque es diferente ¿no resultaría exagerado establecer que no hay más que una culpable? ¿Podría afirmarse que el conflicto responde a una falla formativa? ¿El respeto es un contenido curricular? ¿Las familias carecen de obligaciones al respecto? ¿Se espera que en cuatro horas por día se puedan enseñar matemáticas, lengua, sociales, biología, educación física y además buenos modales, cortesía, empatía y todas las formas posibles de reconocimiento  y estima de la otredad? Parece una misión que ni siquiera con mucha “vocación y amor desinteresado” podría lograrse, ¿no es cierto?

En consecuencia, sería importante dividir las incumbencias. La casa debe pugnar por ofrecer algún tipo de acompañamiento que fortalezca los saberes abordados en la escuela, tanto en relación a los contenidos como a los valores. La escuela sola no puede, ni tampoco puede ocuparse de asuntos que la exceden. La escuela alimenta, enseña, forma, contiene y a veces, también viste. Sin embargo, la escuela no es una casa, ni la docente es la madre de sus alumnos. Antes de depositar frustraciones en los docentes, convendría revisar el propio comportamiento. ¿O acaso las familias creen que están cumpliendo su labor de forma intachable?

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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