LA EVALUACIÓN COMO UNA INSTANCIA FORMAL PARA JUSTIFICAR LA APROBACIÓN – Luis Sujatovich

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Si un joven asiste al club del barrio para probarse como jugador de básquet y el técnico no advierte que posea cualidades a desarrollar es muy probable que no lo vuelva a convocar y que nadie suponga que se trata de una injusticia ni que alguien deba interceder para reparar el daño ocasionado, ¿no es cierto? Esa situación podría prolongarse a cualquier deporte. También habría que incluir en este listado las pruebas de conducir e incluso cuando nos decidimos a aprender a andar en bicicleta. Aceptamos nuestras equivocaciones como parte del desafío y sabemos que no saldremos victoriosos si no somos capaces de aceptar los errores para mejorar y volver a intentarlo.

Sin embargo, esta actitud no puede trasladarse a los ámbitos educativos. Una mala calificación en un examen suele generar, en el nivel secundario y en el superior, una insistente queja hacia el docente que – en más de una ocasión – termina generando una reunión con las autoridades.  Es por eso que de a poco se va devaluando el sentido de las evaluaciones y, fundamentalmente, de las calificaciones. Si una desaprobación da lugar a que un docente sea inspeccionado por la familia, el equipo de gestión y el resto del grupo, es comprensible que cada vez menos profesores se arriesguen a poner bajas notas. Pero no se trata de indagar en su comportamiento, sino en la notable diferencia que la sociedad establece entre un deporte y la escuela. ¿Por qué la resiliencia se reserva para actividades de tiempo libre? Podría suponerse que la actitud es diferente dado que tiene otra relevancia el estudio,  aunque si así fuera debería ser al revés: la importancia otorgada a la formación exigiría una atenta predisposición para lograr el mayor  aprovechamiento posible del error para mejorar, y no la búsqueda de una puntuación que sólo ofrezca la aprobación. El reclamo  por una nota no tiene ninguna relación con el conocimiento construido: es apenas la evidente manifestación de un interés estadístico que no abriga otro deseo que recocerse como aprobado. La acreditación se convirtió en un fin en sí mismo. Por lo tanto, cualquier apelación a la necesidad de revisar contenidos, fortalecer el proceso o profundizar una reflexión esgrimidas por un docente para argumentar su decisión quedaría fuera de lugar. ¿O acaso el estudiante está solicitando que atiendan sus necesidades de aprendizaje? ¿Y su familia y las autoridades?

En algunas ocasiones la educación pareciera resumirse en una transacción sin dinero: el estudiante invierte cierta cantidad de tiempo, realiza algunas actividades y espera a cambio un número que lo habilite para seguir en su periplo.  Toda demora, en consecuencia, es una desagradable interrupción.

Frente a estos planteos es lógico que el docente acepte la modificación exigida y proceda con celeridad a modificar (no sin resignación) la planilla correspondiente. Y así se suscita una paradójica situación: quien supone haber triunfado, ha retrocedido en sus potencialidades intelectuales y éticas. Y para colmo, se siente feliz.  Acceder a una nota favorable, pareciera dar el mismo goce que cualquier otro consumo cultural, ¿será que la calificación ha adquirido características fetichistas?

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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