Los roles en el campo educativo comporta una férrea distribución: la mayoría ejecuta las ideas que un selecto grupo dispone. De esta forma, los docentes tienen la responsabilidad de aplicar los conceptos que algunos intelectuales pergeñan como resultado de sus investigaciones o, más frecuentemente, debido a su posición de referentes teóricos en pedagogía. Esta situación – que tiene una larga trayectoria – implica un reforzamiento de las limitaciones que impiden la innovación en el aula, dado que si se lograra generar (aún en una escasa proporción) responderá a la asignación que el docente pueda efectuar, según las circunstancias y posibilidades. De alguna forma, sucede lo mismo con los contenidos: sujetos ajenos a la práctica establecen las reglas de un juego en el cual no participan. Sea porque se encuentran gozando de cargos directivos ministeriales, o porque han logrado acumular suficiente consenso en torno a sus conceptualizaciones sobre el modo en que debe abordarse los problemas de la educación. Es sencillo reconocer una semejanza entre ambas situaciones: ninguna se produce con la participación de los protagonistas. Los profesores y estudiantes son los actores de la obra, el guion no les pertenece.
La narrativa pedagógica se ha convertido en la principal oportunidad para reflexionar acerca de las dimensiones, vínculos y tensiones que acontecen, cada día y que quedan afuera del temario de los referentes. Es, sin dudas, una práctica muy auspiciosa para aproximar la práctica y la reflexión sin la mediación del intelectual. Quien escribe es, a la vez, un implicado en los sucesos que relata. Eso supone una ruptura fundamental con la consabida asignación de atribuciones. Las publicaciones, jornadas y talleres que congregan cada vez más docentes permiten un tímido optimismo. Quizás la inclusión de los alumnos, no sólo en forma de cita directa, enriquecerá las producciones y le brindará mayor relieve a su evolución.
Sin embargo todavía hay un gran ausente en la escritura: la producción teórica. Apenas los posgrados buscan disimular la carencia ofreciendo un espacio que, aún bajo la rigidez que la academia impone, libera al docente del rigor cotidiano y le otorga una legitimidad, aunque sólo momentáneamente. Una vez aprobada la tesis, deberá regresar a su lugar establecido. Por eso es que es imperioso rebelarse a partir de la propia habilitación de la palabra. Al respecto Romina Torresin, profesora en Letras, postula que “la escritura es más que una actividad o una tarea, es más bien una habilidad lingüística que explicita conocimientos puestos al servicio de objetivos concretos; y, ante todo, supone descartar a la inspiración como factor de éxito o fracaso, trabajando sobre la concepción de la escritura como un proceso que puede ser mejorado y que posee tres instancias: planificar, escribir y revisar”.
En consecuencia, es necesario que cada docente abandone la impostura que cercena su acción a la interpretación y desarrollo de las hipótesis elaboradas en un contexto exógeno y se asuma como un profesional que puede combinar la acción, la reflexión y la producción intelectual con rigor científico. Las teorías pedagógicas y didácticas pueden elaborarse en el aula.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social