¿La relación docente-estudiante puede ser simétrica y empática?

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Toda propuesta de enseñanza, inevitablemente debe considerar la dimensión vincular
y afectiva que se construye en el complejo sistema áulico. No podemos perder de vista
que las mejores clases son aquellas donde la comunicación, la retroalimentación y el
intercambio toman el primer lugar, entre docentes y estudiantes. Aquellas donde los
sistemas de aprendizaje se comparten, se pasan por distintos momentos y roles, crean
relaciones entre pares como equipos, y también salen del esquema vertical tradicional
de la relación docente alumno. Salir de esta asimetría áulica, conduce a los
estudiantes a involucrarse más con la clase.
Pero aún, es más fructífero, cuando el docente reconoce que “hacerse presente”, es
una capacidad que debe aprenderse, y que para nada es un don, una característica
personal intransferible de ciertos individuos (Gomes Da Costa, 1995). En este sentido,
sostenemos que es una aptitud posible de ser aprendida. Esto es en la medida que
exista apertura, sensibilidad y compromiso para ello.
Asociamos a las relaciones con aquella inteligencia interpersonal que los que enseñan
deben identificar y en consecuencia propiciar vínculos simétricos, es decir desde el
equilibrio, la reciprocidad, la correspondencia y la igualdad. Hablamos de humanizar
las conversaciones con nuestro estudiantado, acercarnos, interiorizarnos sobre sus
gustos, intereses, inquietudes y acompañarlos en el descubrimiento de su propia vida.
Hablamos de “empatía” como la actitud (la demostración e iniciativa) y la aptitud (la
preparación) para ponernos en el lugar de otra persona, siempre que podamos
reconocer su realidad. Opuesto a ello, la apatía, ocurre con la ausencia total de interés
y nulidad de vínculo, situación que debemos evitar.
¿Puede el docente empatizar con sus estudiantes construyendo diálogos que excedan
el aula y él contenido? ¿Es acaso, un educador simétrico, quien procura ser y hacerse
presente?
Por supuesto que hablar de simetría y empatía en una circunstancia educativa, implica
además de la participación y la presencia, un trabajo personal y progresivo de
abandonar el ego de parte del docente. Lo primero con respecto a esto, es reconocer
que por más grande o pequeña que sea la diferencia etaria, el grupo de estudiantes
pertenecerá como mínimo a unos años de diferencia generacional. Años que en
nuestra actualidad son muy veloces y que conllevan a que consecuentemente, estén
más actualizados. Luego, debería ser de interés docente intentar, que todos quienes pasen por nuestras clases se potencien y logren superarnos, es allí donde converge el
rol actual docente.
También es importante aclarar, que la relación que se construye es progresivamente
de par a par, en los niveles más avanzados de estudios, pasando por el terciario al
universitario y posteriores, dado que lo compartido entre clases, pronto será entre
colegas.
Por lo pronto, reconocemos y practicamos que involucrarse en pequeñas dosis,
conduce a que todo lo que pasa fuera de las clases, para ambas partes, sea
considerado, se empatice y se contemple, y en el mejor de los casos, se mejore desde
nuestro aporte.


Rojas Mariano Ignacio: Diseñador Industrial, Escritor, Poeta, Docente Universitario. Conferencista e impulsor de proyectos de vida.

Alvarez Santiago Marcelo. Profesor de Educación Tecnológica. Especialista en Formación de formadores
(CAEP). Escritor de libros sobre la temática. Docente de nivel primario, secundario y
superior. Capacitador de docentes en Argentina, Perú, Ecuador y México.

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