El liderazgo es una cualidad que tiene una larga historia. Los relatos bíblicos y las obras de literatura clásica dedican mucha atención a los sujetos que eran capaces de cumplir ese rol, tanto en la paz como en la guerra. La política, ya en la edad moderna, se apropió de ese concepto y lo utilizó para desplegar las ideas que buscaban aglutinar al conjunto de la sociedad. Tiempo después, las teorías organizacionales advirtieron que el liderazgo constituía un factor fundamental para su buen funcionamiento. Tiempo después, en los ámbitos educativos se percataron que bien podía desempeñarse el liderazgo en la conducción de una institución, para asegurar el cumplimiento de las normas bajo la promesa de favorecer a la calidad educativa. El paradigma del directivo como un jefe riguroso y dominante ha ido caducando y en la actualidad se reconoce que el liderazgo puede emanar del docente, a partir del modo en que se vincula con los estudiantes, los contenidos y su modelo pedagógico. Esto significa un gran cambio ya que supuso una modificación conceptual muy importante: ya no es suficiente responder a las demandas de un modelo de liderazgo rígido y establecido en el pasado, sino que se vuelve indispensable reformular su teorización para abrir su interpretación a contextos dinámicos, multiculturales y cargados de emociones que pugnan por hallar su lugar para expresarse. En consecuencia, el paso del liderazgo de la dirección al aula, supone también una mutación en las habilidades que debe poseer un docente para desempeñarse con solvencia en ese rol. Ya no resulta posible inspirar temor por la autoridad o inspirar simpatía por el carisma, dado que en ambos casos los demás integrantes de la institución padecían el mismo problema: debían someterse a sus designios sin oportunidad de discutir las decisiones adoptadas. Por el contrario, el rol del docente como líder exige empatía, ética y expectativas respecto de sus estudiantes. Por eso se suele señalar que se trata de desordenar el aula procurando que el docente no quede en el centro. La empatía se experimenta sólo para la conmiseración (cual si eso sirviera de algo) sino para hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro y buscar desde allí soluciones a los problemas que los agobian. La ética de grupo, por su parte, establece una organización que incluye a los estudiantes en la disposición de acuerdos que se consumarán, así como la inspiración colectiva de sus actos y proyectos. Las expectativas involucran tanto al docente como a los alumnos: ¿qué espera uno del otro? Si ambos creen que no vale el esfuerzo de emprender una propuesta en común, ¿qué podrían lograr juntos?
Constituirse en un docente que sea capaz de asumir el reto del liderazgo en el aula supone poner en funcionamiento la totalidad del ser y no solamente la razón. Cualquiera puede lograrlo, sólo hace falta decisión, perseverancia y confianza en los demás. El desafío no consiste en cómo logramos que los estudiantes se amolden a nuestra subjetividad, sino cómo permitimos que se desplieguen su subjetividad para comprometernos junto a ellos con honestidad.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social