La elaboración de materiales de enseñanza resulta una tarea cada vez más compleja. Las limitaciones que suelen establecerse para quienes los diseñan conforman el obstáculo más importante, porque no responde a las cualidades de una aplicación ni tampoco a la densidad del tema a abordar: responde a una forma de conceptualizar el modo en que debe desarrollarse el proceso de enseñanza y aprendizaje contemporáneo que se preocupa por no incomodar, ni suscitar una exigencia en los estudiantes que podría generarles malestar.
Se pretende enseñar sin provocar ningún conflicto, sin demandar una salida del confort que suponga referirse a los asuntos desconocidos. Es cierto que para construir un cocimiento es preciso partir desde las experiencias comunes y que el vínculo pedagógico puede existir sin hay una valoración esmerada de los saberes que posee el grupo. Sin embargo, es posible advertir una tendencia que asumiendo ese principio, no es capaz de salirse de allí. Y entonces se agota la propuesta en una reincidencia que, lejos de servir de instancia de profundización, se repite en un esquema espiralado que pulveriza las inquietudes que podrían emerger. Es por eso que los tiempos escolares, con sus clases, recreos y actos conforma el molde adecuado para que la otra dimensión de la rutina se ajuste sin esfuerzo. Los contenidos se encuentran atados a una acción docente que no pretende sorprender, sino más bien conducir al alumnado con la mayor previsibilidad posible. La mansedumbre es un fin deseado.
El temor de los docentes funciona como la censura previa, para no irritar a nadie es conveniente no excitar la imaginación, ni exigirles que lean un texto largo, ni que miren un video que supere los tres minutos. El argumento que suelen emplear es que “los chicos no prestan atención”, “si dura mucho, se aburren”, “no entienden si no está en su lenguaje”, entre otras frases de frecuente utilización. No hay dudas que estamos frente a una situación delicada, azotada por la pobreza y marcada por las incertidumbres. Sin embargo, me pregunto si la tarea de la escuela es profundizar las tendencias que la sociedad selecciona de los medios de comunicación, respecto a modos de expresión, gustos musicales, estéticas artísticas y valores sociales, o por el contrario, debe reconocerlos para problematizarlos, indagarlos y expandirlos, en tanto pugna por su formación integral y su educación variada y humanista. Por supuesto que no se espera regresar a los extensos manuales del siglo XX, pero tampoco debemos resignarnos a que una clase se agote en una presentación de diez diapositivas, con menos de diez líneas, alguna imagen y algún enlace que no dirija a ningún sitio que ofrezca información que requiera un esfuerzo extra dilucidarla.
Sin detenernos en los aspectos que formarían parte del currículum oculto (por ejemplo, la nula inducción al esfuerzo), habría que aceptar que si el modelo del docente se resume a presentar los mismos temas del año anterior pero con un material diferente, que sólo aporta algún matiz circunstancial y periférico, el fracaso escolar (que incluye a la comunidad educativa en su conjunto), es una consecuencia lógica.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social