LOS VALORES EN LOS PROCESOS FORMATIVOS: UN ASUNTO INSOSLAYABLE – Luis Sujatovich

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Los primeros meses de la pandemia suscitaron, en el ámbito educativo, una preocupación que atravesó niveles y modalidades: ¿cómo se debía evaluar? La perplejidad inicial fue dejando lugar a diversas estrategias que en numerosas ocasiones no sólo sirvieron para resolver la contingencia sino que fueron tan innovadoras que además de brindar  buenos resultados, resultaron experiencias muy valoradas por los estudiantes. Pero no todas tuvieron el mismo destino.

Las precariedades tecnológicas institucionales y personales conformaron obstáculos muy importantes: conectividad, disponibilidad de equipos y desconocimiento de aplicaciones figuraron entre los problemas más frecuentes. Y ello impactó en la calidad y en la variedad de las actividades que se pudieron ofrecer en el marco del asilamiento. No obstante el acuerdo tácito respecto a que las condiciones obligaban a acciones improvisadas, desprolijas y cargadas de emotividad, no hubo contemplación para los docentes cuando no se pudieron alcanzar los objetivos. Las autoridades, a la vez que declaraban que se estaban haciendo esfuerzos extremos para no abandonar a nadie, no temían en endilgar las fallas a cada uno de los profesores. Si las clases eran largas, si eran breves, si enviaba mucho material, si no era suficiente, etc. Todos sabían que no había un modelo a seguir, pero igual se exigía eficiencia. Había que enseñar en condiciones extremas y no había margen para el error: ¿se podía construir una situación más injusta? Sí.  Y ello ocurría cuando se detectaba un plagio, o varios. La cuestión recaía en el docente: ¿cómo no fue capaz de proponer una consigna que evitara este tipo de acciones? ¿O acaso no saben hacer su trabajo de otra forma?  Los reclamos por la falta de profesionalismo y de capacitación abundaban. Y sin la pretensión de deslindar de la cuota de responsabilidad que le cabe a cada uno, sería muy interesante (y necesario) examinar el comportamiento de los adultos (padres, madres, etc.) frente a esa situación. El examen permite que las respuestas se extraigan de Internet, los estudiantes lo hacen, la culpa es del docente. Una ecuación simple y efectiva. La histórica dicotomía entre el bien y el mal en versión escolar. Nadie parece haberse percatado que existía la posibilidad de no copiarse, es decir de tratar de resolverlo de forma que no contradiga la moral que se espera de un sujeto que se está formando en una institución. Si la mala preparación de un cuestionario es inaceptable, ¿si lo es que opten por obtener las respuestas de forma ilegítima? ¿No cabría también una sanción –en términos cordiales pero con firmeza – hacia quienes eligieron falsificar su tarea?

La exigencia hacia los profesores resulta necesaria para ejercer de forma plena el derecho a la educación. Sin embargo, no es el único sujeto implicado: los adultos, las autoridades y los alumnos también deben aceptar su rol y actuar en consecuencia. No puede justificarse que se hayan copiado porque tuvieron la ocasión, porque reproduce un alegato muy peligroso. Y además, estaremos muy lejos de propiciar el surgimiento de una sociedad más justa y solidaria.

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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