¿QUIEREN LOS DOCENTES APRENDER DE SUS ESTUDIANTES? – Luis Sujatovich

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La pirámide del aprendizaje fue elaborada por William Glasser hacia 1965 en su libro “La Teoría de la Elección”. Aunque se trata de una obra que se interesa por realizar un aporte al campo de la psicología, constituye una propuesta esclarecedora para reflexionar en torno a las prácticas docentes, a los documentos curriculares y a las dinámicas áulicas más frecuentes.

La propuesta es muy simple: respetando un orden ascendente se explicitan cuáles son las situaciones que mejor  suscitan la  apropiación de aprendizajes.   El primero en la lista es leer con el 10%; le sigue escuchar con el 20%; ver con el 30%; ver y oír 50%; conversar el 70%; las acciones el 80% y por último, enseñar con el 95%.

La correspondencia con la rutina escolar sería plena si la pirámide estuviera invertida, ya que la mayor parte del tiempo la desaprovechamos en escuchar, ver y en menor medida, en leer. Pero no es así, la pirámide tiene su base apoyada en el suelo. Por lo tanto, aquellas actividades que proporcionan más posibilidades de aprender son las menos frecuentes. ¿Es responsabilidad de los docentes? Sólo en parte. Los programas, la necesidad de cerrar calificaciones, la multiplicación de contenidos y las exigencias de la sociedad (o, acaso deberíamos decir del mercado) no generan las condiciones ni mínimamente propicias para que se inicie un cambio. Los tiempos de los estudiantes no son los mismos que los del calendario, aunque sean éstos los que acaban imponiéndose cada año.

Para comprender mejor la exposición del autor (que está basada en diversas y prolongadas investigaciones), podríamos recordar cómo hemos aprendido a andar en bicicleta, a conducir, a manipular un dispositivo, a relacionarnos de un modo oportuno con las interfaces. ¿Bastó con la explicación de la persona experimentada? No, bien sabemos que necesitamos subirnos a la bici para advertir su complejidad. Con ello no se pretende subestimar las conceptualizaciones ni tampoco  insinuar que la práctica es suficiente, por el contrario la cuestión es reconocer que la acción también es importante. ¿Cuántas veces tenemos la oportunidad de generar un ambiente de taller en el aula? Y no siempre se debe esperar que se manipulen objetos, una discusión, un análisis, un juego también conforman ocasiones para reorganizar nuestros roles.

Acaso el aspecto más significativo sea cómo está compuesto el porcentaje más importante de nuestro acceso al conocimiento: enseñar. ¿En cuántas instancias, a lo largo de un ciclo lectivo, los estudiantes pueden desempeñarse como maestros? Incluso, para no llevar tan lejos la cuestión, podríamos interrogarnos acerca de las posibilidades que tienen de comportarse así con sus pares.

Llegamos así a la flagrante contradicción que nos ocupa: aunque la pedagogía, la didáctica y la psicología insistan en la íntima relación que tienen la enseñanza y el aprendizaje, se persiste en una tesitura dicotómica. Si un docente no acepta que debe aprender de sus estudiantes, ¿podrá enseñarles algo más que su obstinación?

Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social

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