Para quienes nos toca atravesar los procesos de enseñanza-aprendizaje en la actual modalidad virtual, sabemos por experiencia propia que el solo hecho de disponer de algún tipo de dispositivo tecnológico (celular, notebook, netbook, tablet, etc.) no es condición necesaria para hablar de un real y efectivo acceso a los distintos recursos y dispositivos académicos (y extraacadémicos) propuestos por las instituciones educativas.
Las dificultades en el acceso a la conexión de internet que se les presentan a lxs adolescentes y jóvenes provenientes de barrios populares no son más que la expresión cabal de las desigualdades existentes (y cada vez más agudizadas) en las trayectorias escolares de esta población etaria. Los procesos de relegación social y urbana a los que se ven sometidxs lxs jóvenes de los sectores populares vienen aparejados, entre otros fenómenos sociales, con la precarización y nulidad de los servicios tales como la conectividad estable a una red de internet. Procesos que, como expresa Soldano (2008) refieren a una yuxtaposición de mecanismos estructurales de relegación.
Si en la actualidad es indispensable pensar a la educación formal tradicional tal y como la conocemos en su intrínseca relación con el avance e implementación de las nuevas TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación), se vuelve menester también, reconocer la relación de estos dos tópicos con el contexto socio-económico y urbano que atraviesa de manera singular y compleja a cada sector social. Los consumos de bienes culturales, tecnológicos, educativos, entre otros, se producen y reproducen en el espacio social según las condiciones concretas de existencia de cada persona y según las posibilidades, recursos y estrategias que ésta emplee para su obtención y apropiación.
De esta forma, y como se ha mencionado anteriormente, hablar de educación virtual no sólo remite a la mera tenencia del equipamiento tecnológico necesario para su aprovechamiento, sino que también refiere a las condiciones en cuanto a: la cantidad, calidad y uso de los dispositivos tecnológicos disponibles (con cuántos dispositivos se cuenta dentro del espacio familiar, qué tipos de dispositivos son, quiénes tienen prioridad a la hora de utilizarlos); carácter y calidad de los servicios (se cuenta con conexión wifi o se realizan pagos de paquetes de datos móviles, cuál es la frecuencia y velocidad de los mismos, qué tipo de alcance tiene la antena digital más próxima geográficamente); superficie y disponibilidad de los espacios del hogar (con cuántos cuartos cuenta la vivienda, cómo está distribuido el espacio intradoméstico según la cantidad de habitantes, se cuenta con un espacio propicio dónde poder llevar a cabo las actividades curriculares); entre otras.
Las políticas públicas en general, y las educativas en particular, deben poder contemplar la heterogeneidad de este complejo entramado social y sus expresiones más singulares al momento de ser formuladas, elaboradas, administradas e implementadas si se tiene por objetivo el de lograr, en medio de tan conflictivo panorama de crisis, la permanencia y egreso de lxs jóvenes dentro del sistema educativo formal, o en su defecto, el achicamiento de los crecientes niveles de deserción escolar.
Bibliografía: Soldano, D. (2008) “Vivir en territorios desmembrados: Un estudio sobre la fragmentación socio-espacial y las políticas sociales en el área metropolitana de Buenos Aires (1990-2005)”. Buenos Aires, Argentina. CLACSO.
Pablo Oscar Salinas – Estudiante de Trabajo Social por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. Alumno ayudante del equipo de investigación «Jóvenes, educación, trabajo y participación: estratégias y circuitos de acceso que los jóvenes de sectores populares despliegan en contextos y tiempos de restricciones» de la FCS-UNC.