Cada vez que se hace referencia a la necesidad de transformar la educación se asume que sólo se trata de una labor que deben desarrollar los docentes. E incluso, la demanda se suele agotar en las dimensiones didácticas: enseñar de forma diferente, utilizando tecnologías digitales y nuevas estrategias que interpelen a los alumnos. Sin embargo, es preciso recordar (ya que no se trata de una situación emergente) que tamaña empresa no puede ceñirse a los dominios herramentales, grupales, procedimentales y comunicacionales (propios de la didáctica) ni tampoco pueden suscribirse únicamente a las acciones áulicas. Habría que pensar la situación de forma inversa. En la medida que las autoridades, del equipo de gestión, de las familias y también de los estudiantes sean capaces de comprometerse para generar una transformación será posible advertir algunos indicios positivos dentro de las aulas.
En términos teóricos es sencillo establecer acuerdos que permitan imaginar un futuro diferente, pero ¿están los involucrados decididos a revisar sus certezas y a aceptar las incertidumbres que vendrían como consecuencia del cambio? ¿Las autoridades aceptarían menos informes y mayores imprecisiones respecto de los desempeños de los estudiantes y los docentes? ¿Cómo podría sustanciar su aporte la burocrática estructura ministerial?
Los equipos de gestión, aunque en una escala minúscula, parecen atosigados por las mismas dificultades. ¿Cómo se administra una transformación? ¿Cómo se la conduce? Es complicado inferir de qué manera podrían construir un marco de contención para que las innovaciones puedan gozar del tiempo necesario para mostrar sus logros, frente a las demandas de Estado, las familias y también de los alumnos. Si unas madres concurren a la escuela y ven al docente sentado al fondo conversando con un grupo de docentes y a los estudiantes yendo y viniendo del salón al laboratorio con sus celulares y prescindiendo de las indicaciones del pizarrón, ¿aceptarían esa situación o supondrían que así nadie aprende? ¿Valorarían la acción docente o denostarían su baja participación?
También los estudiantes tendrían un rol distinto que labrar, ¿estarían decididos a emprender el proceso? Es cierto que son los más damnificados pero eso no significa que anhelen implicarse en una tarea que tiene tanto de incertidumbre como de sacrificio. Salir de cómodo espacio de quien escucha y responde sólo cuando lo convocan para acertar en la respuesta correcta o para simular un interés por demás impostado, parece sencillo hasta que se les pide que salgan de sus bancos, indaguen, produzcan, lean, editen, según sus necesidades, es decir: pasen de la recepción a la responsabilidad.
El anhelo de una renovación es un legítimo (y necesario) motivo de interrogación para toda la comunidad educativa. Hay un proverbio africano muy famoso que sostiene que para educar un niño hace falta una tribu entera. Para transformar la educación, en consecuencia, hace falta toda una comunidad. Suponer que es posible resumir en el docente todos los sacrificios que demandará, es una flagrante comodidad.
Quizás sea una forma subrepticia de admitir que aún no estamos preparados.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social