Las emociones siguen siendo un asunto periférico en las aulas. Si bien hay muchas capacitaciones, obras de referencia y algunos destacados intentos de incorporación, para la gran mayoría es apenas una pretensión que no parece sencilla de abordar. El paradigma racionalista no deja de establecer las pautas fundamentales del funcionamiento de la educación. Basta revisar la documentación que circula por las escuelas, el lenguaje que se emplea (por ejemplo, evaluar, analizar, aprobar), los horarios, la separación de los contenidos y hasta el orden de los muebles, para que no queden dudas al respecto. Habría que sumar a la lista las aspiraciones de las familias respecto a la formación que esperan para sus hijas e hijos, ¿o no están convencidos que si tienen muchas horas de matemática y pocas de arte es una escuela recomendable? Es preciso admitir que el modelo dominante no es obra sólo del Estado, sino más bien el resultado de un acuerdo social general que posee muchos años de existencia. Las olimpíadas de matemáticas eran muy valoradas por la comunidad, no así un concurso de poesía o una obra de teatro creada por estudiantes. En un caso se destacaba la inteligencia, en el otro, apenas la imaginación o acaso cierto compromiso social no exento de la candidez y la rebeldía epocal de la adolescencia. La distancia entre uno y otro es la que aún existe entre la razón y las emociones en la escuela. Y muy probablemente en buena parte de la sociedad.
Nuestra concepción de la inteligencia sigue siendo unívoca, sólo puede expresarse bajo ciertas circunstancias. Cualquier otro saber, es apenas un sucedáneo. ¿O acaso en las escuelas hay algún conocimiento que no se legitime en la razón? Al respecto, José María Toro, educador y escritor español formula una interrogación a modo de desafío: “¿de qué sirve que un niño sepa colocar Neptuno en el Universo si no sabe dónde poner su tristeza o su rabia?” Hacen falta nuevas formas de concebir la educación, desde el nivel inicial hasta la formación docente, para que las necesidades de las y los estudiantes encuentren la atención que merecen. Pocos docentes saben cómo comportarse frente a un llanto, una queja o una profunda desilusión. Si nos sacan de nuestra disciplina, apenas podemos improvisar. A pesar de que se recurre a la empatía, no es suficiente. No se trata de comprender su emoción, sino de volverse actores significativos para que puedan gestionarla en su favor. Lamentablemente hemos olvidado que “la emoción es más antigua que la cognición y, desde luego, el organismo se fía mucho más de ella que de la racionalidad” como sostiene Francisco Rubia, catedrático de medicina en Madrid.
La escuálida condición que padece la escuela no se podrá resolver modificando los contendidos, incluyendo nuevas didácticas, y equipando las aulas con tecnología digital, si no somos capaces de deconstruirnos para deshacernos de la centralidad de la subjetividad racional y asumir que las emociones no conforman un accesorio de nuestra personalidad, sino que son la condición de posibilidad del desarrollo de los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Luis Sujatovich, Prof. y Dr. en Comunicación Social